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El juego con nuestros hijos es tan importante para su desarrollo como una buena alimentación o una buena educación. Sin embargo, a muchos padres les puede resultar complicado y hasta tedioso buscar ese espacio de encuentro. Muchas veces en consulta se escucha de parte de los padres comentarios como: “es que no me gustan los juegos que a él/ella le gustan”, “a mí me gustan juegos más activos pero a mi hijo no”, “es que me aburre jugar”, “no tengo paciencia”, “me canso así que juego un rato y la nana se encarga”, entre otros.

Sería muy positivo que en lugar de pensar en lo que nos gusta a nosotros, nos centremos en las necesidades, gustos o preferencias de nuestros niños, ya que muchas veces el rol más significativo que los padres desempeñamos es simplemente acompañarlos, siguiéndolos en su juego y haciéndolos sentir importantes, seguros y felices.

Tengamos presente que jugar con nuestros hijos es una herramienta muy importante que está siempre a nuestra disposición y que, aprovechando el conocimiento que tenemos de ellos, nos permite generar espacios que nos ayudan a conectarnos mejor, creando un ambiente de comprensión y comunicación. Esto facilita el intercambio de experiencias, la transmisión de valores, formas de actuar y de enfrentar situaciones del día a día; además de reforzar el vínculo entre padres e hijos.

Los niños a través del juego aprenden y se desarrollan. También refuerzan su tolerancia, ya que aprenden a influir en los otros, a regular y controlar sus emociones, y a reconocer las señales afectivas y las emociones ajenas. Recordemos que la familia es el primer contexto en el que el niño desarrolla una imagen de sí mismo y del mundo que lo rodea. Este juego en familia potencia la adquisición de habilidades sociales y ayudan al niño a explorar, aprender y refinar las aptitudes que necesita para una socialización positiva. Hay estudios que señalan que los niños que muestran afectos positivos en las interacciones con sus padres son valorados como más populares, porque aprenden mejores recursos para socializar.

El ambiente que se crea con el juego permite al niño relacionarse de una forma creativa con el mundo, lo que fomenta su imaginación. Compartir tiempo de juego con nuestros hijos convierte las experiencias pasivas en activas y placenteras y promueve su felicidad, lo que finalmente redunda en una mayor autoestima para el niño, ya que les genera una sensación de bienestar, seguridad y tranquilidad.

Finalmente, debemos reconocer la diferencia que existe entre el juego y los juguetes, ya que éstos son sólo instrumentos creados para un fin que no siempre coincide con las necesidades de nuestro hijo y que no son indispensables. Los niños pueden desarrollar juegos utilizando objetos como contenedores, recipientes, objetos plásticos de diferentes tamaños, cajas, etc., y hacer de cada objeto un recurso infinito. Asimismo, la naturaleza puede convertirse en el mejor aliado de los padres ya que la experiencia de exploración permite desarrollar mentes altamente creativas y una fácil adaptabilidad a diferentes circunstancias. El contacto con el lodo, el agua, las plantas, etc., es una actividad enriquecedora que los prepara para sentirse conectados con el medio ambiente.

Recordemos que las familias que han hecho del juego una base de unión en la infancia suelen tener menos problemas en la etapa de la adolescencia. Así pues, conectémonos desde hoy con nuestros hijos y dediquemos al menos media hora diaria a jugar con ellos. Formemos hoy los cimientos para una relación cercana y de confianza en el futuro.

Natalie González