Esta vez queremos enfocarnos en cómo la actitud reconciliadora favorece a la familia. Cada uno de los miembros en conflicto cree tener la razón porque ve las situaciones desde su punto de vista y se olvida que parte de la convivencia es no estar de acuerdo con algunas cosas, pero que tranzar y respetar las diferencias facilita el que todos vivan en armonía. Conocemos casos de personas que amando a sus padres, o padres que amando a sus hijos, no se comunican con ellos hace mucho tiempo. Ya no viven juntos y pareciera que el conflicto de aquella convivencia inicial se perennizó, y nos queremos engañar pensando que al no verlos han dejado de existir, olvidando que nuestros padres viven en nosotros porque somos parte de ellos.

En la dinámica de una familia nuclear (padres e hijos en convivencia) cuando algún miembro de la familia se enoja con otro, todo el ambiente “se carga”; la tensión la viven todos los miembros de la familia y ese hogar al que uno quiere llegar para restablecerse después de las tensiones del día, ya no es el lugar deseado que uno espera.

Los conflictos que originan mayor tensión son cuando los padres se disgustan. Los padres son las personas que dan equilibrio, seguridad y estabilidad a los hijos. Si los padres están en conflicto generan una tensión muy grande en los hijos. Los hijos se angustian, se entristecen y con mucha dificultad podemos pedirle a un niño que esté motivado por hacer cualquier otra actividad cuando está preocupado por lo que está sucediendo en casa.

Es más difícil cuando los padres han decidido no vivir juntos. En este caso los padres no pudieron superar sus diferencias, pero por ninguna razón podemos descalificar, burlarnos, minimizar o juzgar negativamente la acción del otro. Podemos tener claridad en los errores de ambos, pero tenemos que perdonar y perdonarnos. Es más común de lo que queremos creer, que de una manera inconsciente (y lamentablemente a veces consciente), se agrede a los propios hijos para que el otro (padre / madre) “sufra”. Hemos perdido tanto el equilibrio por el malestar que sentimos, por la rabia y por la dificultad de perdonar al otro, que no nos importa dañarlos. Es decir, los realmente afectados son las personas que más amamos: nuestros propios hijos.

Una acción bastante común es impedir la visita de alguno de los padres por un tema de dinero, pero el niño no tiene la culpa de los conflictos de los padres, al niño no le interesa quien se equivocó; el niño ama igualmente a ambos y es parte de ambos. Cada vez que se descalifica al padre o a la madre el niño sufre porque lo descalifican a él.

Aunque el niño sea más grande y tenga la capacidad de darse cuenta de lo que ha sucedido y sepa que su padre o madre se ha equivocado, igualmente lo ama y quiere estar con él / ella. Nuestros hijos merecen vivir en armonía y con ganas de seguir descubriendo que están en un mundo que gracias a sus acciones puede ser mejor.

No olvidemos que la paz y el bienestar están asociados a la bondad de nuestros actos y no a las acciones de los otros, y viceversa.

No perdamos de vista que nuestros hijos van a crecer y tendrán el criterio para evaluar su propia vida, quizá con mayor sabiduría.

María Elena Fernández Hart