Esta pregunta me la han hecho varios padres en las últimas semanas. Sin embargo a veces no somos conscientes de la gran influencia que tienen algunas conductas o situaciones cotidianas que terminan facilitando la agresión en las relaciones.

Cuando pensamos en nuestro hijo y como se desenvuelve en relación a sus compañeros nos sentimos tranquilos al ver que logra tener amigos con los que comparte y se siente contento.
La autorregulación de impulsos se inicia con el manejo que tienen los padres sobre las conductas de sus hijos y gracias a éste, el niño va regulándose en forma interna porque lo asocia con un bien para él/ ella. En este proceso los niños aprenden a vincularse e interactuar con sus pares, con los adultos y con el entorno. Lo complejo de las relaciones es que existen muchos factores que intervienen y cada vínculo es único, cómo únicas somos las personas.

En este artículo vamos a referirnos solo a algunos aspectos asociados a como canalizar los impulsos de los niños para que logren relacionarse en forma positiva y que no deriven en conductas agresivas. Un primer aspecto es recordar que los padres somos modelos y que es fundamental el comportamiento que mostremos. Según el manejo de nuestros propios impulsos, el niño aprenderá que uno se puede controlar o por el contrario, que puede dejarse llevar por un malestar.

El niño que se habitúa a reaccionar sin control cuando está molesto finalmente se siente incómodo, asustado y preocupado porque no entiende que las otras personas se enojen, porque los otros no hacen lo que él / ella quiere, y porque algunos compañeros se empiezan a alejar.
Otro punto importante es que el niño debe saber que se espera de él. Explicarle que hay un orden en casa y que se debe cumplir para que todos estén tranquilos y contentos lo hará sentirse bien, y esta será una motivación para que colabore positivamente en ella. Muchas veces los hijos se enervan porque no tienen claro que se espera de ellos, y cuando se enojan frente a esta confusión, reaccionamos agrediéndolos verbal o incluso físicamente; sin darnos cuenta que estamos modelando una conducta agresiva.

Observamos también que algunos niños pueden manifestar conductas agresivas porque están expuestos a una agresión de la que a veces no somos conscientes: la indiferencia. El niño que no es atendido en sus necesidades básicas o cuyos padres no están atentos a corregirlos en forma constante, se percibe como poco importante para ellos y es común que acentúe algunas dificultades conductuales con el fin de llamar su atención.
Otra forma de agresión se origina cuando las personas adultas descalificamos a otra persona porque piensa diferente, tiene otras creencias, raza, o estilos de vida. Le estamos enseñando a “no llevarse bien” con la persona que no es como él / ella. Enseñémosle con el ejemplo a respetar las diferencias.

Por último, debemos tener cuidado con los contenidos que observan nuestros hijos cuando ven programas de televisión o están expuestos a juegos de video. Las agresiones son percibidas en los niños de una manera diferente a la de los adultos. Ellos están desarrollando el área intelectual, social, afectiva y espiritual; y este proceso en las etapas iniciales es muy complejo.
Para terminar reflexionemos sobre lo siguiente:

La persona que logra regular sus conductas, se conoce, se valora, se siente contenta consigo misma, y esto repercute en su autoestima, seguridad y estabilidad en el medio. Esta persona estará preparada para vincularse eficientemente con el entorno. Al educar la voluntad logrará un equilibrio constante en su vida personal y en su relación con los otros.
Elena Fernández Hart